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Basílica - Parroquia
Nuestra Señora de Atocha


VI Domingo T.O. (B) 2021

14 de Febrero de 2021

 

“ Se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:
«Si quieres, puedes limpiarme». Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero: queda limpio». ”

Salmo responsorial:
Tú eres mi refugio,
me rodeas de cantos de liberación

Comentario a la Palabra

Vivir solo y fuera del campamento

Vivimos dentro de un cuerpo, es nuestro compañero; con él nos expresamos, nos movemos, nos encontramos, nos queremos, nos relacionamos, sentimos y, también con él, oramos y rezamos. Lo que cada uno de nosotros es está contenido en una fragilidad llamada cuerpo. El cuerpo no es solo materia orgánica es también red y nudo de diversas situaciones, es lo que nos sitúa en lo que llamamos mundo. Cuidarnos como personas es también cuidar nuestro cuerpo. Cuando algo falla en él todo nuestro ser queda alterado, conmovido.

Jesús y el descampado

Todos los Evangelios coinciden en presentan a Jesús como alguien que tenía poder real y efectivo sobre la enfermedad, con una capacidad extraordinaria para curar. De hecho, no es disparatado suponer que muchos de sus seguidores lo seguían atraídos por esa especial ‘gracia’ que poseía. La fama que precedía a Jesús fue, sin duda, a causa de sus curaciones milagrosas.

Jesús era un predicador itinerante por lo que no era infrecuente que tuviera que pasar al raso algunas noches. Algo muy normal en aquel tiempo. Fue en los caminos donde se encontró con el doble drama de la lepra, una enfermedad contagiosa. El afectado además de la enfermedad en sí misma, tenía que padecer la exclusión social, es más, se esperaba que él mismo lo hiciera, al tiempo que desde el punto de vista religioso era un impuro, un maldito. El enfermo era rechazado en las tres dimensiones de su corporeidad. Era un verdadero paria. ¿Qué hace Jesús cuando uno de estos se le acerca pidiéndole que le sanara? Conmoverse desde lo más íntimo. Lo toca y le dice ‘quiero: queda limpio’. El despertar del sentimiento de la auténtica compasión en el ser humano requiere que quien la practique esté impregnado en todo su ser de amor verdadero. Sin amor no hay compasión. La compasión movida por el amor ante esta o cualquier enfermedad tiene una sola respuesta: la curación y sanación de todo el cuerpo. Un cuerpo sanado es un cuerpo restituido, restablecido a su verdadero lugar. Jesús no solo cura el cuerpo, sana el interior y restablece la intimidad armónica desde entero.

Cristo, portador de la verdadera salvación

Entre los evangelistas, es Marcos el que resalta con más fuerza el poder extraordinario de Jesús sobre la enfermedad y el mal, hasta el punto que “no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera en lugares solitarios; y aun así acudían a él de todas partes”. ¿Quiénes serían aquellos que acudían a Él de todas partes? Si quien se acercó a Él fue un leproso ‘impuro’, un excluido social, alguien quien su sola presencia causaba espanto… no hace falta tener mucha imaginación para suponer quienes salían a su encuentro en los descampados.

En boca de Jesús encontramos expresiones como esta: “si hago estas cosas por el Espíritu de Dios, entonces el Reino de Dios ha llegado a vosotros”. Jesús es el cumplimiento de las promesas que Dios hizo desde la creación del mundo. Él es ya la presencia del Reino entre nosotros. En palabras de Pablo es el Cristo. Jesús no es un extraordinario curandero, es el Señor, el Mesías, el Ungido, el Hijo de Dios. Sus milagros y curaciones son ya signos de que Dios ha inaugurado un nuevo tiempo en su propia creación, el tiempo de la verdadera y definitiva Salvación ofrecida por su Hijo, el Cristo, el Redentor. Glorificar a Dios, como sucede con este leproso, no es algo que nuestra lengua pueda impedir, porque cuando se experimenta su salvación, el gozo nos rebosa por todos lados, no se puede ocultar. Dios recibe gloria porque los pobres, los sencillos, los marginados, los apestados, los excluidos por cualquier causa, pensemos en este tiempo de pandemia, o condición, miremos a los migrantes, tienen a Dios como su salvador y protector. Para experimentar su salvación hay que pedírsela, tener el coraje de ponernos frente a Él, hacer un acto de verdadera humildad y suplicarle. Él siempre está dispuesto a curar y sanar.

Feliz día del amor y la amistad. Santa y enriquecedora Cuaresma. Dios les bendiga y la Virgen les proteja

Fray Manuel Jesús Romero Blanco O.P.
Real Convento de San Pablo y San Gregorio (Valladolid)

www.dominicos.org/predicacion

17 de febrero: Miércoles de Ceniza

Con la austera y simbólica imposición de la ceniza, empezamos el tiempo litúrgico de Cuaresma, para disponernos, durante cinco semanas, a vivir intensamente los grandes misterios de la Pascua

cristiana, es decir, la Pasión, la muerte y la resurrección del Señor.

La Cuaresma nos introduce una vez más en este camino que conduce a la Pascua. Y aunque, en nuestra sociedad plural y secularizada, este tiempo ha quedado bastante devaluado, para los cristianos es un tiempo de especial intensidad e interioridad, que vale la pena aprovechar. Es un tiempo favorable, un tiempo de gracia y de gratuidad de Dios.

Desde nuestro nacimiento, Dios tiene un proyecto sobre cada uno de nosotros y sobre el mundo en que vivimos; y la Cuaresma es un espacio de tiempo propicio para confrontar nuestros planes y proyectos con los planes y proyectos de Dios.

El signo de la ceniza que se nos impone el próximo miércoles, expresión de la caducidad limitada de la existencia humana, va unido, a la vez, a la necesidad de arrepentirnos de los posible errores en nuestra adecuación a los proyectos de Dios. Las palabras, Conviértete y cree en el Evangelio, expresan esta necesidad de renovación en nuestras vidas. Una renovación atenta, sincera y comprometida.

Imposición de la ceniza en todas las Misas: Misas a las 8:00, 11:00, 13:00, 18:00 y 20:00

Recordamos que según el Catecismo de la Iglesia Católica en el número 1438: “El Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo son días de Ayuno y Abstinencia. Los viernes de cuaresma son días de abstinencia. Y todos los viernes del año, como toda la cuaresma, son días de penitencia en los que se recomiendan las privaciones voluntarias, la limosna, las obras de caridad y la ayuda a las misiones”.