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Basílica - Parroquia
Nuestra Señora de Atocha

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II Domingo TO 2023

14 de Enero de 2023

 

Juan dio testimonio diciendo:
«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:
“Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”.
Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios»

SALMO RESPONSORIAL:
AQUÍ ESTOY, SEÑOR, PARA HACER TU VOLUNTAD

 

Comentario a la Palabra

El testimonio del Bautista sobre Jesús
Juan Bautista, precursor en el Adviento del que iba a venir, nos deja ahora su testimonio personal sobre el que ya ha llegado en el misterio de la Navidad. De él son estas impactantes palabras sobre Jesús: como lo he visto, doy testimonio de que él es el Hijo de Dios. Resuena en ellas el eco de lo escuchado el domingo pasado en el bautismo de Jesús, si bien en este caso no es la voz celeste del Padre la que testimonia sobre su Hijo predilecto sino el propio Bautista que ha visto al Espíritu descender y posarse sobre él. Su sorprendente testimonio se suma, pues, a la voz divina para confirmar, mediante el reconocimiento explícito de su confesión de fe, el testimonio del mismo Dios. De este modo, el acuerdo de ambos mensajes evidencia y asegura su veracidad y fiabilidad.

Para admiración de todos, el Bautista acaba de reconocer en toda su hondura y profundidad la filiación divina de aquel a quien había anunciado y bautizado. Ha testimoniado de forma fehaciente y pública la dignidad suprema que encumbra a quien sólo visibilizamos en la humildad de la carne. Ha contemplado su gloria, la gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad (Jn 1,14). Con esta presentación de Jesús, antes de iniciar su ministerio público, el Bautista manifiesta y enfatiza ante el pueblo galileo la incomparable grandeza, la alta consideración y relevancia que se merece y le corresponde a Jesús como Hijo de Dios.

 

Desde las alturas de la contemplación
El evangelista San Juan (representado por la tradición cristiana en el águila que sobrevuela las alturas) encabeza la primera de sus cartas con esta solemne declaración: lo que existía desde el principio, lo que hemos visto y oído, lo que hemos contemplado y palpado con nuestras manos: la vida eterna que estaba con el Padre, es lo que os anunciamos y testimoniamos (1 Jn 1,1-3). Esa es la mirada desde la que nos presenta también ahora a Jesús, expresión de una profunda comprensión e interiorización de su persona. En su pronunciamiento, está compartiendo con los lectores la alta cristología que confesaban los primeros cristianos.

¿Quién es Jesús? ¿En qué se substancia su misteriosa personalidad? Nos lo van desgranando y revelando los títulos cristológicos que le acompañan, esas formulaciones cargadas de densidad teológica enraizadas en la multisecular tradición religiosa del pueblo de Dios. Él era antes que yo, comienza confesando el Bautista: ya pre-existía desde el origen de los siglos; es el Eterno: el que fue, es y será siempre más allá del tiempo y del espacio. Sin embargo, a pesar de su condición divina, no desdeñará ofrecerse como el Cordero de Dios, lleno de misericordia, que se solidariza con los pecadores; él es el Siervo doliente y fiel (1a lectura) que asumirá sobre sus espaldas la dura carga del terrible poder inherente al pecado para desactivarlo y congregar a su pueblo mediante la gracia y el perdón. Finalmente, como lo habían predicho los profetas, Jesús es el que bautiza no en agua sino en el Espíritu Santo: purifica las conciencias y renueva desde dentro el corazón del hombre, para proclamar bienaventurados a los limpios de corazón.

 

El humilde marco de nuestra condición humana
La figura de Jesús ha quedado impresa en múltiples imágenes y representaciones simbólicas de la tradición bíblica. Las que configuran el icono de Jesús que nos ha dejado el testimonio del Bautista (el Pre-existente, el Cordero de Dios, el portador del Espíritu) vienen a ser como esas pequeñas teselas de diversas formas y colores que componen cualquier mosaico: todas ellas importantes, pero ninguna exclusiva ni decisiva al margen de las demás. Los mortales, desde el diminuto y recortado marco de nuestra experiencia personal, apenas si logramos asomarnos al trascendente misterio del Dios hecho hombre. Hemos de contentarnos con pálidos reflejos, como los destellos de la estrella de Belén, si queremos orientarnos y movernos en medio de la oscuridad de la noche.

De ahí que el evangelista San Juan pretenda introducirnos en el exigente dinamismo de una fe que afronte de cara la eterna, la radical pregunta de Jesús a sus discípulos: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Si olvidamos el penetrante icono teológico que nos ha regalado el testimonio del Bautista, malamente podremos comprender y seguir de cerca el calado del sentido religioso que entrañan los diferentes relatos evangélicos.

Y es que Jesús, en su cercanía, trasciende cuanto podamos pensar y decir de él. Por eso mismo se nos hace tan familiar la suplicante exhortación de Pablo: “que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; que viváis arraigados y fundamentados en el amor. Así podréis comprender, junto con todos los creyentes, cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad del amor de Cristo; un amor que supera todo conocimiento y que os llena de la plenitud misma de Dios” (Ef 3, 17-19). Súplica que sintoniza con la dócil actitud reverencial bellamente expresada en el villancico navideño: venid fieles todos, postrémonos humildes, delante del Dios-hombre, venid y adoremos al Rey y Señor.

Fray Juan Huarte Osácar OP
Convento de San Esteban (Salamanca)

www.dominicos.org/predicacion

 

Tiempo ¿ordinario?

Una vez finalizado el tiempo de Navidad con la fiesta del Bautismo del Señor, en el que hemos celebrado el nacimiento de Jesús, y que nos ha hecho estar alegres, retomamos el tiempo litúrgico Ordinario. Parece que la cosa va a pasar desapercibida hasta que lleguemos al Miércoles de Ceniza, que comenzaremos la Cuaresma, pero no es así. Tan importante es celebrar los tiempos litúrgicos denominados fuertes (Adviento- Navidad, Cuaresma-Semana Santa-Pascua), como el Tiempo Ordinario.

Al hilo de una reflexión en una homilía a este respecto, hay que decir que durante estos domingos hasta Cuaresma se nos va a presentar los comienzos de la predicación del Señor, que guardan una estrecha relación con el Bautismo y las primeras manifestaciones de Cristo. Durante 6 domingos se nos presentarán distintas manifestaciones de Jesús en las que veremos su predilección por los más necesitados, y que nos irán acercando poco a poco al tiempo de Cuaresma.

Tenemos que tener presente que la Biblia, la Palabra de Dios debe estar presente en nuestras vidas, que debemos leerla, entenderla, no sólo limitarnos a ver “qué nos dice el cura” los domingos en la homilía, que está bien porque nos ayuda a acercar el texto a nuestra vida cotidiana, sino también debemos tomar nosotros la iniciativa de leerla, de formarnos en ella. En ella vamos a encontrar esperanza, consuelo, vamos a ver cómo Jesús nos revela quien es, cuál es su plan de amor para nosotros.

Recordamos aquel pasaje del relato de Emaús:
“Sentado la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y le reconocieron. Pero él desapareció de su vista. Y se dijeron el uno al otro: "¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?"

Lucas 24, 30-32