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Basílica - Parroquia
Nuestra Señora de Atocha


II Domingo de Pascua (B)

11 de Abril de 2021

 

Jesús, se puso en medio y les dijo:

«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos»

Salmo responsorial:
Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia

Comentario a la Palabra

El sueño de la justa distribución

Este es un espacio para la espiritualidad, no para la economía. Sin embargo, la economía tiene algo que ver con la espiritualidad porque la economía se refiere al gobierno de la casa y la espiritualidad al gobierno de nuestro cuerpo, nuestra casa interior. Cuando en la Primera Carta a los Corintios, Pablo habla de los dones del Espíritu dice que han sido distribuidos por Dios entre muchos para que nadie se jacte y nos necesitemos los unos a los otros, porque ninguno solo posee en plenitud la riqueza del Espíritu. La clave está en no llamar ‘suyo propio” a nada de lo que se tenga, sea material o espiritual. La idea de poner todo lo que se es y se tiene al servicio de la comunidad por encima de uno mismo es primordial. Sin embargo, toda distribución justa, para que alcance a todos lo suficiente y que nadie pase necesidad, dependía de los apóstoles, que eran considerados ‘los administradores fieles’ puestos al frente de la comunidad por el mismo Señor.

En la larga historia de la Iglesia, el sueño comunitario de alcanzar la justicia social y la redistribución en equidad de bienes y recursos, siempre ha estado presente. Pero este ideal fue más una aspiración que una realidad global al interior de la comunidad cristiana. Desde fechas tempranas, próximas a los inicios cristianos, se sabe por las denuncias y exhortaciones que hacen los Padres de la Iglesia del desamparo de los pobres, la codicia de los ricos y la falta de solidaridad cristiana entre algunos de los bautizados. Otro ejemplo, bastante posterior, sucedió en el siglo XIII, con la emergencia de las órdenes mendicantes que van a intentar reconstruir y animar, desde ellas mismas, no solo el sueño originario cristiano de la justa distribución, sino que lo intentarán llevar a cabo desde sus respectivas familias religiosas. Los ejemplos podrían multiplicarse hasta llegar a fechas cercanas a nosotros; uno de los más llamativos, por extendido y provocador, fue el ‘movimiento hippie’ de las últimas décadas del pasado siglo.

Desde la misericordia y la verdad

La doctrina social de la iglesia no nace, sin embargo, de un sueño utópico, sino de la vida y predicación de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios, confesado como Señor y experimentado, religiosamente, como resucitado. Habrá siempre una gran distancia entre los que ‘vieron’ al Señor resucitado y todos los demás, incluido San Pablo, que solo podemos ‘tener una vivencia’, una experiencia, de la Resurrección del Señor por la vía religiosa, es decir, provocada desde la fe. Una fe que brota en virtud del encuentro personal con la Palabra de Dios y el testimonio histórico de aquellos que lo vieron resucitado. Hemos venido a la fe porque otros nos han compartido ese testimonio, hemos creído en él y nos ha impactado. 

En Jesús, el Cristo, confluyen la misericordia y la verdad de Dios Trinidad. La misericordia para ser verdadera tiene que ser activa y la verdad dinámica para ser cierta. La una necesita de la otra para construir la Verdad del Dios Misericordioso que pasa por el encuentro, la comunidad y el compartir. Del mismo modo que nadie puede concebirse a sí mismo, si no es por obra de otros, nadie, por sí mismo, puede alcanzar lo que pueda llegar a ser y menos aún conquistar su propia salvación. La nuestra no es una fe destinada para unos pocos escogidos o de una doctrina reservada a unos pocos elegidos, sino un camino abierto a todos los que se dejan encontrar por el Espíritu de Jesús resucitado.

La fe compartida, la Palabra y los Sacramentos construyen la Iglesia, nos convierten en miembros de una comunidad histórica en la que, gracias al testimonio de los que fueron testigos acreditados de la resurrección de Jesús de entre los muertos, la vida, y no la muerte, tiene la última palabra. Es la definitiva Palabra de Dios: he venido para que tengan vida eterna. Pascua, que significa ‘paso’, es atreverse a dejar el miedo a una evidencia, la muerte, por abrazar una esperanza nacida de la fe, plenitud de la vida enraizada en ese Dios que compartió nuestra condición humana, que murió por nosotros y que resucitó como primicia de nuestra propia resurrección. Feliz tiempo pascual. Alegraos, porque el Señor, en verdad, ha resucitado.  

Fray Manuel Jesús Romero Blanco O.P.
Convento de San Pablo y San Gregorio (Valladolid)
www.dominicos.org/predicacion

Oh Jesús, ayúdame a esparcir tu fragancia

dondequiera que vaya.

Inunda mi alma de tu espíritu y vida.

Penétrame y aduéñate tan por completo de mí, que toda mi vida sea una irradiación de la tuya.

Ilumina por mi medio y de tal manera

toma posesión de mí, que cada alma

con la que yo entre en contacto

pueda sentir tu presencia en mi alma.

Que al verme no me vea a mí, sino a Ti en mí.

Permanece en mí.

Así resplandeceré con tu mismo resplandor,

y que mi resplandor sirva de luz para los demás.

Mi luz toda de Ti vendrá, Jesús:

ni el más leve rayo será mío.

Será Tú el que iluminarás a otros por mi medio. Sugiéreme la alabanza que más te agrada,

iluminando a otros a mi alrededor.

Que no te pregono con palabras

sino con mi ejemplo,

con el influjo de lo que yo lleve a cabo,

con el destello visible del amor,

que mi corazón saca de Ti.

¡Amén!

CARDENAL NEWMAN